Reflexiones ferroviarias

Se acabó. I’m done.

Es la última vez que ayudo a una joven señorita a subir su bagaje al portaequipajes en un tren (y por extensión, en cualquier otro medio de transporte).

La maleta era más grande que ella. Y debía llevar dentro un par de cadáveres. No entiendo esa manía de la gente de viajar con la casa entera a cuestas. Pero ahí está er tío. Deslomao. Pero la maleta subida y asegurada.

Y va la muy desgraciá y llama a su madre para decirle que llega en cuatro horas y que ha podido colocar su maleta gracias a la ayuda de un señor.

¡De un señor!

¡Tía, que llevo greñas!

Hago constar, para quien pueda serle de interés, que en adelanté limitaré mi ayuda al equipaje de abuelitas viajeras, que por lo menos te agasajan con un “Ay, muchacho, muchas gracias” o incluso con un “Quién pillara tus años otra vez…”.

Y lo mismo hasta se ofrecen a presentarte a su nieta.

Un pensamiento en “Reflexiones ferroviarias

  1. Jaja eso me recuerda el día que estaba con el primo de 2 años de Cristina esperando para montarlo en los columpios y cuando nos toca, un niño se iba a colar pero salta su hermano y le dice que se espere que le toca el “señor”… No veas la cara que se me puso…

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