Todos somos anónimos, hasta que nos tocan el bolsillo

Suelo empezar este tipo de entradas con una confesión. Y hoy debo decir que yo… también hacía backups con Megaupload.

No tengo intención de aportar nada a ninguno de los debates de los que en los últimos días todos hemos podido oír, leer y participar, pero en mi constante estado de tocapelotas me he topado con una anécdota que me apetecía compartir.

Resúltase que andaba yo hace unos días reunido con un compañero a quien hacía escaso tiempo que había conocido, y con un cliente, cliente de ambos, claro. Debe conocerse de este compañero a quien me refiero su condición de comercial para una cierta empresa, si bien el trabajo que los dos habíamos desarrollado ese día para este cliente que nos acompañaba era un asunto técnico, y era esta gorra de técnico bajo la cual los dos debíamos actuar durante la jornada.

Sin embargo, su inquieto espíritu comercial le hizo imposible reprimir sus instintos naturales de vender (vender, lo que quiera que sea que pudiera vender) a este cliente (quien por otra parte, ya había comprado, razón por la que estábamos ahí, por supuesto).

Y fue así que después de una jornada de trabajo, y como es preceptivo en las gentes de buena voluntad, nos dispusimos a arreglar el mundo durante el almuerzo (nunca debe olvidarse que en cada almuerzo de trabajo se lanzan también mil y una ideas para arreglar éste y aquél problema, ideas que se evaporan en el mismo instante en que se acaba el postre). Y fue durante el almuerzo cuando se le desató su alma de vendedor.

Y fue así también que entre asunto y asunto, y entre posibles contactos y oportunidades de venta, cómo no, le llegó el turno al tema Megaupload. Todos los comensales compartimos más o menos alguno de los varios comentarios y argumentaciones que también todos conocemos de sobra, y charlamos de las heroicas actuaciones de Anonymous, pero en un determinado momento la defensa del caso por parte de mi nuevo compañero me resultó excesivamente vehemente, hasta el punto de asegurar que ni era de recibo ni estaba dispuesto a pagar por ningún tipo de software, música, película o libro si podía encontrarlo en la red gratis, porque gratis debían ser.

Cuando me encuentro con un punto de vista que se me antoja extremo suelo jugar a abogado del diablo, así que aporté mi postura (real) acerca de que los autores de las obras tienen también su parte de derecho al trozo de pastel, que raras veces los trabajos se hacen por amor al arte, que desarrollar por ejemplo una aplicación útil para un smartphone supone una inversión de recursos y que entra en la lógica suponer que el autor pretenda cierta remuneración y reconocimiento por ella, que los problemas suelen presentarse (como en tantos otros campos) en los intermediarios, y que si bien no estaba (ni estoy) dispuesto a desembolsar 20 euros por once canciones, por muy bonito que sea el libreto, sí lo estaría a pagar una cantidad razonable, como lo he hecho con cada representante de mi nada desdeñable colección de originales, que supera a los varios cientos de GB que por otra parte tengo almacenados en algún que otro disco duro.

Argumenté que seguro que no se le había pasado por la cabeza levantarse y hacer un sinpa, y que con solo cruzar la calle podríamos haber comido por menos de la mitad de lo que se iba a pagar, y que seguro que tendríamos a bien dejar una propina al camarero.

“No es lo mismo”.

Le esgrimí el conocido argumento de que en esta sociedad es un signo de éxito el tener un coche de 50 mil euros o comprarse una camisa de marca por 200, pero un signo de ser pardillo el pagar menos de 1 euro por una aplicación. Le añadí que, a título personal, me resulta muy triste que a un individuo que no duda en pagar gustoso 8 euros por un cubata le parezca impensable gastarse esos mismos ocho euros en un libro.

“Pues yo le he bajado estas navidades 80 juegos de la [INSERTE_CONSOLA_DE_SU_PREFERENCIA] a mi niño y está tan contento”.

El niño que está tan contento tiene diez años. Le pregunté, no ya si pensaba si era realmente una buena práctica ofrecer ese abanico a un niño de esa edad (no entré en interesarme por si serían los juegos apropiados, no venía al caso), sino por la simple cuestión de si tenía idea de cuántos habría empezado… y de cuántos pensaba terminar. No le interesaba, me informó, pues lo realmente importante era que su niño iba a estar entretenido una temporada, y con intención innecesariamente informativa me indicó la burrada que costaba cada juego. Y terminó su exposición con uno de los argumentos de peso que siempre me dejan desarmado:

“Mira, será como dices, pero también es de tontos pagar por algo cuando lo puedes tener gratis”.

Aunque no pude evitar intentarlo:

“Lo cierto es que puedo llegar a entender tu punto de vista, sin embargo lo que no comprendo es por qué no lo aplicas a todos los ámbitos. Por ejemplo, hace un momento le has comentado a este señor que puedes ofrecerle el producto NNN con unas condiciones muy favorables, y ciertamente lo son, pero siguiendo tu línea de razonamiento, ¿por qué habría de querer contratarlo en estas condiciones cuando la empresa XXX lo ofrece gratis si se contrata el paquete MMM?

Fuera el día se había despejado y pasamos a comentar lo seco que estaba siendo el invierno y el frío de los últimos días, mientras constataba que, como imaginaba, a ninguno nos gusta que nadie nos meta la mano en nuestro bolsillo, ya se trate de una mano anónima, o no.

20120207_todos_somos_anonimos_anonymous_never_forgive_edit

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