Chascarrillo cuántico

En esto que van Heisenberg y Schrödinger dando un voltio en coche y un guardia civil les da el alto. Se acerca parsimonioso a la ventanilla y le pregunta al conductor:

-¿Es usted consciente de la velocidad a la que circulaba?

-No tengo absolutamente ni idea, agente -contesta Heisemberg-. Sin embargo, puedo decirle exactamente dónde nos encontrábamos cuando nos ordenó parar.

El agente, convencido de la honestidad de la respuesta, aunque escamado por la extrañeza de la misma, decide que el asunto requiere una investigación más profunda.

-Haga el favor de abrir el maletero.

Así lo hacen, y el agente pega un respingo ante la visión del contenido.

-¡Oigan! ¿De quién es esto que llevan aquí?

-Mío, agente -responde Schrödinger.

-¿Y sabe usted que tiene aquí dentro un gato muerto?

-Pues ciertamente no lo sabía. Pero ahora sí lo sé.

De las sutilezas (y los peligros) del lenguaje

Según cómo de provechoso lo vea (y las ganas que tenga) lo mismo hasta hago una serie de entradas a partir de ésta.

Pero empecemos por algún sitio y no nos vayamos por las ramas.

El caso es que es mi opinión que cuando uno viaja al extranjero (lo que viene siendo un guiri) no está de más llevarse un chuletario (y a poder ser, memorizado) que incluya una serie de palabras o frases vitales en el idioma del país al que se viaja. «Taxi». «Hotel». «Hospital». «Eso es mu caro, picha». Y por supuesto, «¿Dónde está la cervecería más cercana?». (Y según el país, algunos conocimientos básicos de técnicas de guerrilla pueden ser apreciados).

La ventaja de un español con un italiano (y viceversa) es que podemos estar cada uno hablando en nuestro idioma y, con voluntad y dejando localismos de lado, entendernos perfectamente.

Así que en estas últimas vacaciones, en algún pueblo perdido de Umbria, debí poner esta teoría en práctica; me dirigí a un peatón aleatorio y le inquirí amablemente y lo mejor que pude un «Mi scusi, dov’è il più vicino birreria, per favore?». A lo que amablemente me respondió: «Dritto e la prima a sinistra».

Si bien mi conocimiento del italiano es muy limitado, fue suficiente, quizá avivado por una sed del copón, para capacitarme en entender claramente lo que el paseante me quería decir: «To tieso y la primera a la izquierda».

Pero a la vez me surgió la siguiente reflexión: Prima sinistra, lo que en italiano es una dirección, aquí es algo bien distinto…

(Por cierto, peatón se dice pedonale… pero digamos que ésta era demasiado… poco sutil para la entrada).

Reflexiones ferroviarias

Se acabó. I’m done.

Es la última vez que ayudo a una joven señorita a subir su bagaje al portaequipajes en un tren (y por extensión, en cualquier otro medio de transporte).

La maleta era más grande que ella. Y debía llevar dentro un par de cadáveres. No entiendo esa manía de la gente de viajar con la casa entera a cuestas. Pero ahí está er tío. Deslomao. Pero la maleta subida y asegurada.

Y va la muy desgraciá y llama a su madre para decirle que llega en cuatro horas y que ha podido colocar su maleta gracias a la ayuda de un señor.

¡De un señor!

¡Tía, que llevo greñas!

Hago constar, para quien pueda serle de interés, que en adelanté limitaré mi ayuda al equipaje de abuelitas viajeras, que por lo menos te agasajan con un “Ay, muchacho, muchas gracias” o incluso con un “Quién pillara tus años otra vez…”.

Y lo mismo hasta se ofrecen a presentarte a su nieta.

De cuando Tío Pepe se atragantó con una pepita de manzana

No cuento nada nuevo. Sólo quería hacerme eco por aquí de este hecho, que si bien en la Villa y Corte es sobradamente conocido, en otros sitios no lo es tanto. Y afectando a su jerezana tierra de origen no podía dejar de comentarlo.

Para los que no estén al tanto: Todos conocemos ese edificio de Sol con su enorme luminoso de Tío Pepe coronando la plaza. Hace unos meses comenzaron las obras de rehabilitación que acondicionarían el inmueble para acoger una Apple Store en la capital. Desde entonces la flamenca botella se encuentra conservada en unos almacenes, si mal no tengo entendido, en la cercana localidad de Alcalá de Henares.

El caso es que desde hace un tiempo se ha puesto en duda que este cartel vuelva a iluminar las noches de la Plaza del Sol. Parece ser que Apple no está muy por la labor de compartir su espacio con publicidad ajena.

Lo que hasta cierto punto es comprensible viene a chocar con el hecho de que, al igual que con el toro de Osborne, la botella de Tío Pepe hace tiempo que perdió su carácter publicitario para convertirse en un símbolo que en esta ubicación en concreto ha sobrevivido desde hace cerca de ochenta años.

(Quizá, se me acaba de ocurrir, ayudaría si hubiesen plantado algunas de estas botellas junto a los toritos donde la Selección se encuentra concentrada allá en tierras polacas. Aún estamos a tiempo).

Obviamente se trata de un tira y afloja entre empresas privadas, y al final la compañía de Cupertino hará lo que le salga de sus semillas, y en cualquier caso dentro de muy poco todo esto habrá pasado al anecdotario histórico, engullido por el día a día, el reclamo de los productos de ultimísima generación que tan bien saben vendernos y la facilidad para el olvido que poseemos los seres humanos.

Conste que escribo y subo estas líneas desde un MacBook Pro, lo que no es óbice para saber que me contaré entre ese grupo de individuos que, por muy atraídos que se sientan por dispositivos inteligentes capaces de hacernos el café por la mañana y la cama mientras estamos fuera, no puedan evitar, llegado el momento, levantar ligeramente la vista y sentir algo parecido a la nostalgia.

Y que no nos extrañe si en nuestra próxima visita a González-Byass nos agasajan con una versión ampliada de su espectáculo, en la que después de que el ratoncillo haga su simpático recorrido, el capataz de la bodega le lance un pero mordido y el roedor proceda a hacer de vientre sobre el fruto.

Al tiempo.

Por ahora, y hasta que sea inevitable, si queréis apoyar la plataforma en las redes podéis hacerlo a través de su cuenta oficial en Twitter: @tiopepesol o en su grupo de Facebook, Plataforma Tio Pepe por siempre en Sol.

Me he mudado

Digitalmente, quiero decir.

Lo cual, si es la primera vez que me lees, te dará igual. Y para lo que vengo a escribir, tampoco es que haya mucho de lo que informar.

Pero bueno, como uno es como es (jartible, mayormente), pues le gusta avisar a sus vecinos.

Que Posterous mola y tal. Que está bien. Pero no me terminaba de convencer para según que cosas. Así que me he venido de okupa aquí a los mundos de Automattic. Con el mismo nombre y contenido, claro, es una mudanza en toda regla. Y aprovecho para lavarme la cara. Durante los próximos días iré actualizando los enlaces y todas esas cosillas, pero con calma.

Así que eso, que si me tenías fichado en Posterous que sepas que no me verás los píxels por allá (al menos de momento).

Y ahora a seguir decorando mi nuevo cubil.

Por San Valentín, una reflexión sobre la convivencia

La convivencia es para quien la vive. Valga la redundancia. Para quien la vive y la sufre. Ésa es la reflexión. Hablo de la experiencia personal y de eso es de lo que escribiré.

Nosotros tenemos establecidas unas reglas de convivencia y, mientras se cumplan, la relación debería funcionar, pero cuando una de las partes se empeña en no seguirlas la situación se complica ostensiblemente.

Y en realidad no debería ser tan complicado. Salgo temprano, y la casa entera queda para ella sola, que es lo que le encanta. Acordamos que mientras yo no esté en casa puede hacer lo que le plazca, sin limitaciones. Puede incluso traer a las amigas que le apetezca; no me importa, siempre y cuando no rebusquen en mis armarios.

Pero cuando llego quiero un poco de tranquilidad y de decoro. No me importa que se quede en casa conmigo, incluso que se queden algunas de sus amigas, pero que no armen escándalo. Que se queden en otro cuarto, en la cocina, en la terraza, o donde quieran. Incluso, y muchos de mis amigos censuran lo liberal que soy en este tema, no me importa compartir habitación siempre que no se me ponga por medio.

Y es que algunos de mis amigos son muy quisquillosos, eso debo admitirlo. A la mayoría les cae bien, y sus amigas también; o, en el peor de los casos, les es indiferente, y no les importa por ejemplo compartir la mesa. Pero también tengo amigos que no la soportan y que no entienden que pueda vivir así. Ellos se lo pierden, es lo que siempre les digo, porque la convivencia puede ser difícil, pero también satisfactoria.

En lo que sí soy intransigente es en el asunto que concierne a las visitas de mi madre. Cuando viene mi madre, sabe que debe desaparecer. Y es que mi madre no la soporta. No la puede ver. La odia. A ella y a todas sus amigas; dice que son todas iguales. Ya me advertía de las de su calaña desde pequeño. Recuerdo que cuando aún vivía con mis padres la echaba en cuanto la veía, y aún hoy no puede evitar una mirada de desaprobación y decepción cada vez que se cruzan. No exagero si te aseguro, asombrado lector, que si por ella fuera la tiraría al contenedor de basura o la lanzaría por la ventana.

Así que, como decía, sabe que cuando mi madre nos agasaja con una de sus visitas tiene que meterse debajo de una mesa, detrás de una puerta o en cualquier sitio fuera del alcance de su vista. En una ocasión estaba en el dormitorio y mi madre se coló sin avisar; tuvo que quedarse debajo de la cama durante dos horas.

Pero es lo que hay. Al fin y al cabo a la madre no la elige uno, pero sí se es responsable de las pelusas a las que se permite compartir su espacio.

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Todos somos anónimos, hasta que nos tocan el bolsillo

Suelo empezar este tipo de entradas con una confesión. Y hoy debo decir que yo… también hacía backups con Megaupload.

No tengo intención de aportar nada a ninguno de los debates de los que en los últimos días todos hemos podido oír, leer y participar, pero en mi constante estado de tocapelotas me he topado con una anécdota que me apetecía compartir.

Resúltase que andaba yo hace unos días reunido con un compañero a quien hacía escaso tiempo que había conocido, y con un cliente, cliente de ambos, claro. Debe conocerse de este compañero a quien me refiero su condición de comercial para una cierta empresa, si bien el trabajo que los dos habíamos desarrollado ese día para este cliente que nos acompañaba era un asunto técnico, y era esta gorra de técnico bajo la cual los dos debíamos actuar durante la jornada.

Sin embargo, su inquieto espíritu comercial le hizo imposible reprimir sus instintos naturales de vender (vender, lo que quiera que sea que pudiera vender) a este cliente (quien por otra parte, ya había comprado, razón por la que estábamos ahí, por supuesto).

Y fue así que después de una jornada de trabajo, y como es preceptivo en las gentes de buena voluntad, nos dispusimos a arreglar el mundo durante el almuerzo (nunca debe olvidarse que en cada almuerzo de trabajo se lanzan también mil y una ideas para arreglar éste y aquél problema, ideas que se evaporan en el mismo instante en que se acaba el postre). Y fue durante el almuerzo cuando se le desató su alma de vendedor.

Y fue así también que entre asunto y asunto, y entre posibles contactos y oportunidades de venta, cómo no, le llegó el turno al tema Megaupload. Todos los comensales compartimos más o menos alguno de los varios comentarios y argumentaciones que también todos conocemos de sobra, y charlamos de las heroicas actuaciones de Anonymous, pero en un determinado momento la defensa del caso por parte de mi nuevo compañero me resultó excesivamente vehemente, hasta el punto de asegurar que ni era de recibo ni estaba dispuesto a pagar por ningún tipo de software, música, película o libro si podía encontrarlo en la red gratis, porque gratis debían ser.

Cuando me encuentro con un punto de vista que se me antoja extremo suelo jugar a abogado del diablo, así que aporté mi postura (real) acerca de que los autores de las obras tienen también su parte de derecho al trozo de pastel, que raras veces los trabajos se hacen por amor al arte, que desarrollar por ejemplo una aplicación útil para un smartphone supone una inversión de recursos y que entra en la lógica suponer que el autor pretenda cierta remuneración y reconocimiento por ella, que los problemas suelen presentarse (como en tantos otros campos) en los intermediarios, y que si bien no estaba (ni estoy) dispuesto a desembolsar 20 euros por once canciones, por muy bonito que sea el libreto, sí lo estaría a pagar una cantidad razonable, como lo he hecho con cada representante de mi nada desdeñable colección de originales, que supera a los varios cientos de GB que por otra parte tengo almacenados en algún que otro disco duro.

Argumenté que seguro que no se le había pasado por la cabeza levantarse y hacer un sinpa, y que con solo cruzar la calle podríamos haber comido por menos de la mitad de lo que se iba a pagar, y que seguro que tendríamos a bien dejar una propina al camarero.

“No es lo mismo”.

Le esgrimí el conocido argumento de que en esta sociedad es un signo de éxito el tener un coche de 50 mil euros o comprarse una camisa de marca por 200, pero un signo de ser pardillo el pagar menos de 1 euro por una aplicación. Le añadí que, a título personal, me resulta muy triste que a un individuo que no duda en pagar gustoso 8 euros por un cubata le parezca impensable gastarse esos mismos ocho euros en un libro.

“Pues yo le he bajado estas navidades 80 juegos de la [INSERTE_CONSOLA_DE_SU_PREFERENCIA] a mi niño y está tan contento”.

El niño que está tan contento tiene diez años. Le pregunté, no ya si pensaba si era realmente una buena práctica ofrecer ese abanico a un niño de esa edad (no entré en interesarme por si serían los juegos apropiados, no venía al caso), sino por la simple cuestión de si tenía idea de cuántos habría empezado… y de cuántos pensaba terminar. No le interesaba, me informó, pues lo realmente importante era que su niño iba a estar entretenido una temporada, y con intención innecesariamente informativa me indicó la burrada que costaba cada juego. Y terminó su exposición con uno de los argumentos de peso que siempre me dejan desarmado:

“Mira, será como dices, pero también es de tontos pagar por algo cuando lo puedes tener gratis”.

Aunque no pude evitar intentarlo:

“Lo cierto es que puedo llegar a entender tu punto de vista, sin embargo lo que no comprendo es por qué no lo aplicas a todos los ámbitos. Por ejemplo, hace un momento le has comentado a este señor que puedes ofrecerle el producto NNN con unas condiciones muy favorables, y ciertamente lo son, pero siguiendo tu línea de razonamiento, ¿por qué habría de querer contratarlo en estas condiciones cuando la empresa XXX lo ofrece gratis si se contrata el paquete MMM?

Fuera el día se había despejado y pasamos a comentar lo seco que estaba siendo el invierno y el frío de los últimos días, mientras constataba que, como imaginaba, a ninguno nos gusta que nadie nos meta la mano en nuestro bolsillo, ya se trate de una mano anónima, o no.

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Si Orwell levantara la cabeza

Si lo hiciera, no sé si lloraría o sonreiría burlón, como pensando: “ahí os queda eso”.

Doce más uno. A mí me salen trece.

Si recuerdo algo de la primera edición es a Mercedes Milá convenciendo a la audencia del carácter de experimento social del show, a la sazón posiblemente el primer reality moderno de la televisión española (creo, tampoco me hagan mucho caso en esto).

Mercedes Milá es periodista (eso lo he mirado en la Wiki) (para estar seguro, vaya, no fuera a escribir algo incorrecto) (todo lo seguro que se puede estar consultando la Wiki).

La formación periodística de Mercedes Milá no tiene por qué capacitarla para ser conocedora de métodos científicos o criterios estadísticos, aunque quizá podría esperarse así de una persona que intenta convencer a un país de la validez de un determinado experimento.

No voy a pretender ser un experto, ni siquiera un aficionado, a los experimentos sociales, pero no puedo evitar una reflexión de estas mías tan tontucas.

Que digo yo, que si después de doce años y trece intentonas, si el experimento no da los resultados esperados… lo mismo sería momento de cambiar el método, ¿no? O a la investigadora.

O lo mismo soy yo, que lo magnifico todo.

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Inmersiones, lenguas y rabos

Soy hijo de padre coruñés y madre gaditana, así que me las veré negras para hacerme entender, pero pretendo proceder a un ejercicio de autosuperación y voy a dar lo mejor de mí mismo en esta breve pero sincera reflexión.

A ver, ¿cómo lo diría para que quedara claro? Ah, ya:

Arturito, miarma, tas lusío, ¿no? Que sí, quillo, que tas pasao una mihita. Pero tú tranqui, pishita, que no pasaná.

Ira, por un poné: Tú te bajah pacá, nos vamoh ancá María, ande la Ventavarga, que ahora han dejao la entrá lamá de’scamondá, nos pegamo una peshá de tortillita camarone, papaliñá, rabotoro y pescaíto la bahía, y oloroso de Jeré, y hablamo de la inmersión lingüística, de la estijera que le quieh meté a la arcansía de la sanidá y de la mare que te parió si quiereh, pero te digo yo que te quitamo to la pamplina que lleva ensima.

Ah, y acoquinamo a media, ¿eh ‘ompare?

Y ya’ndihpué si quié te sube parriba y allí te sacan la pamplina que te que’e a base de vieira y persebe.

Ala. Amama’la.

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